Si al vestíbulo le deleitaba succionar luz de la bohardilla, pregúntale por qué.
Quizás allí se cocían soliloquios endomingados de ribetes seductores.
O tal vez, los adoquines perfumados de azahares engalanaban la tarde grávida de elixires.
La calle envilece, dueña como nunca de aroma y sentencia.
Al ruedo invita el ilusionista sustituto.
Mientras observa azorado el parque, el café con leche zamarrea al tiempo.
Lejos se escucha el desafinado crujir de hojas secas entre ajenos ruiseñores de certezas.
Gris de mi alma gris, hierro de la noche hostil
Sitiada en vahos de cenizas todavía espera.
jueves, 2 de octubre de 2008
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