Avenida Córdoba, mediodía...
Luisa, mirada inmóvil enlazada en la memoria.
Luisa, mirada inmóvil enlazada en la memoria.

Otra Córdoba, sierras, aroma de tilos en flor.
Vertiente de agua cristalina brincando entre los riscos, salpicando tus alpargatas, embebiendo el vestido de lino blanco caprichosamente adherido a ese cuerpo inquieto.
Mientras el viento hace piruetas con tu cabello, el arrollo se espeja en tus ojos negros.
Desde la otra orilla te contempla Pedro descifrando tus gestos y pensamientos.
Aunque a Luisa le deslumbraba su porte, su sapiencia innata, permanecía, lejana altiva nutriendo el deseo.
Solían encontrarse en las festividades del pueblo “Las Rosas”
“Señoras, salgan todas a bailar”
“Una noche oscurita
lloviendo estaba
con la luz de tus ojos
yo me alumbraba”
Allí acontecía el sortilegio de juegos amorosos, miradas cómplices. Insinuaciones.
En ese brebaje se fundieron y apetecieron sin saciar.
Vertiente de agua cristalina brincando entre los riscos, salpicando tus alpargatas, embebiendo el vestido de lino blanco caprichosamente adherido a ese cuerpo inquieto.
Mientras el viento hace piruetas con tu cabello, el arrollo se espeja en tus ojos negros.
Desde la otra orilla te contempla Pedro descifrando tus gestos y pensamientos.
Aunque a Luisa le deslumbraba su porte, su sapiencia innata, permanecía, lejana altiva nutriendo el deseo.
Solían encontrarse en las festividades del pueblo “Las Rosas”
“Señoras, salgan todas a bailar”
“Una noche oscurita
lloviendo estaba
con la luz de tus ojos
yo me alumbraba”
Allí acontecía el sortilegio de juegos amorosos, miradas cómplices. Insinuaciones.
En ese brebaje se fundieron y apetecieron sin saciar.

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