Caminamos los adoquines acerados por la nostalgia.
Oleaje de azules verdes que golpea sobre la esquina granate donde se rige la morada elegida.
Su imagen se refleja en el terraplén trepando hacia las vías del ferrocarril recortadas por el cielo.
Mientras en los recodos, un paredón gris sonríe tréboles y se pierde cómplice bajo el puente.
Por su cauce se derrama una acuosa esencia que se esconde bajo mi piel sin margen ni continente.
Desde la orilla solo percibo tu mirada que elige la noche y se detiene en las grietas del fuego.
Tango y nosotros dos. Candelas encendidas en las mesas, imagen errante de madera y coñac.
Un haz de luz enciende el piano y se entierra en “los mareados”, las manos que lo tocan arrancan jugos que alcanzan nuestros rostros ardientes.
Prendados de intuición los perfiles arriesgan amanecer.
sábado, 27 de septiembre de 2008
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