jueves, 2 de octubre de 2008

LAS ESTAMPILLAS DEL ATARDECER

Reconocerse en la postura heredada.

Brazos y piernas dibujando espigas.

Ilusión de encerrar el tiempo en un núcleo.

Danza singular que eleva vértices apremiantes donde los sentidos se marean con pensamientos esquivos.

Las voces cotidianas resguardan la razón aunque dejan huellas donde la memoria cae.

La mirada detiene el horizonte, allí se funden soliloquios.

Piel que envuelve otra piel.

Lucidez que renunciaría a todo por un delirio.

Lluvia llanto quiebre de cantos, ahogos secretos en los encantos.

Pétalos de rosas blancos ocres febriles zigzagueantes bailan al son de Carmina Burana.

Llegan entonces los huéspedes del crepúsculo.

Cómplice vigilia de amianto, mientras las raíces aclaran tanto.

COLOR DE LEON

Si al vestíbulo le deleitaba succionar luz de la bohardilla, pregúntale por qué.

Quizás allí se cocían soliloquios endomingados de ribetes seductores.

O tal vez, los adoquines perfumados de azahares engalanaban la tarde grávida de elixires.

La calle envilece, dueña como nunca de aroma y sentencia.

Al ruedo invita el ilusionista sustituto.

Mientras observa azorado el parque, el café con leche zamarrea al tiempo.

Lejos se escucha el desafinado crujir de hojas secas entre ajenos ruiseñores de certezas.



Gris de mi alma gris, hierro de la noche hostil

Sitiada en vahos de cenizas todavía espera.

A MI PADRE

Hoy escribo tu nombre en restos de aserrín.

Una emanación a manera trabajada acelera mis recuerdos.

Hebras de sol se filtran por hendijas iluminados rizos de viruta dorada, hiedra de orgullo trepando mi alma que crece suspendida en viejos bancos de carpintero.

Recuerdo tus manos delgadas, arañas artesanas, labrando la madera.

Alzo la vista y converge tu mirada protectora como las columnas que conducen al altillo cautivo de arcones con tesoros.



Tributo a ese sitio donde vive la memoria.

Allí mi padre maceraba la dicha en el jugo exquisito de proyectos e ilusiones en el que era posible hundir el pan y saborear el horizonte.

sábado, 27 de septiembre de 2008

El cántaro hueco de las utopías

Piel con piel, barrancas del tiempo confluyen en el vientre aterciopelado de un mundo adentro.

Ruidos, avenidas y cine de fondo, sin embargo La Paz descubre la anatomía de la noche inmediata y radiante.

Hay gaviotas en las esquinas que juegan con los amplios pantalones rayados y las largas enaguas floridas.

Aroma de café y camino.

Manos que ofrecen rosas a los ancianos y trenzas a los desprevenidos.

Complicidad, charlas, amigos al viento y a los secretos.

Serpentinas de luces buscan cauce por las calles y se convierten en espejos.

Danzan los relojes marcando horas nuevas o viejas e instantes eternos.

Bosteza el letargo y se expande la vida.

Las mariposas se hamacan en las plazas, hay grillos en los visillos y amapolas en los cabellos.

Días de fiesta donde el Hoy está adentro y ayer fue cierto.

MONTEROS

La orilla serpentea areniscas de caracoles secos aproximándose a la bruma.

Cálidas miradas ovillan ilusión y sorpresa.

Así como sorprende el sol tenue de a ratos.

Dea ratos revolotean mariposas en nuestro estómago causando infinito placer.

La orilla sigue girando uniendo arroyo y caserío, mientras nos acarician ramitos de menta que pronto serán té para saborear juntos.

Plenitud, abrazo de naturaleza y cultura que ya envuelve el murmullo de los parroquianos.

La piel hace mella de lo vivido y celebra la convergencia del tiempo en las viejas raíces y otras paradójicamente nuevas cerrando el ciclo.

PERFILES CONCEBIDOS PARA SOÑAR

Caminamos los adoquines acerados por la nostalgia.

Oleaje de azules verdes que golpea sobre la esquina granate donde se rige la morada elegida.

Su imagen se refleja en el terraplén trepando hacia las vías del ferrocarril recortadas por el cielo.

Mientras en los recodos, un paredón gris sonríe tréboles y se pierde cómplice bajo el puente.

Por su cauce se derrama una acuosa esencia que se esconde bajo mi piel sin margen ni continente.

Desde la orilla solo percibo tu mirada que elige la noche y se detiene en las grietas del fuego.

Tango y nosotros dos. Candelas encendidas en las mesas, imagen errante de madera y coñac.

Un haz de luz enciende el piano y se entierra en “los mareados”, las manos que lo tocan arrancan jugos que alcanzan nuestros rostros ardientes.

Prendados de intuición los perfiles arriesgan amanecer.

BAR “EL CHINO”

Lumbre candorosa filtrándose entre la mixtura melancólica y canyengue del riachuelo.

Plenilunio que descubre siluetas errantes en la noche vanidosa descendiendo por la grieta de vida de sus rostros enjutos o por los trajes raídos de un Ayer venturoso.

Son los hechiceros que hacen renacer el encanto de tiempos de gloria creando sueños en rituales taciturnos a otras generaciones.

Símbolos del arrabal que cuando el aire fresco de la madrugada pone fin a la alegoría se escurren bajo la alcantarilla estelar.